Unidos por el Odio
Lali se quedó más quieta que una estatua delante del ventanal. Sus grandes ojos color negro le quemaban. Cada músculo de su cuerpo estaba rígido por la tensión. Sólo la más feroz autodisciplina contenía su agotamiento. Había sido una larga noche y un amanecer devastador. Y, cada minuto de la misma, cada una de esas horas, estaba fija en su alma. La enfermera le mostró entonces a su sobrino con una amplia sonrisa. Probablemente esa mujer no supiera nada, pensó Lali. La miró con sus finos rasgos transformados en una máscara. La enfermera dejó de sonreír, pero ella no se dio cuenta. Su atención estaba centrada en su sobrino. Tenía el cabello negro y unos furiosos ojos también verdes. No había nada de Cande en él. Era completamente moreno mediterráneo y sus antecedentes extranjeros aparecían claramente. Estaba llorando: parecía tan infeliz. Se preguntó si, por algún sentido desconocido, no sabría que su madre estaba muerta. Muerta. No quiso saber nada de esa palabra y empezó a andar por el corredor con unas piernas que apenas la sujetaban. Las mujeres no mueren de parto en estos días. O, por lo menos, eso había creído. Y Cande nunca había sido una mujer en opinión de su hermana. Con dieciocho años, Cande estaba en la frontera que separaba a las niñas de las mujeres adultas. Una chica de pelo negro con belleza, inteligencia y todo lo necesario para la vida... hasta que apareció en ella Agustin Lanzani y la hizo desperdiciarla. Una inmensa amargura se apoderó de Lali. La emoción fue tan intensa que la dejó literalmente helada. -Señorita Esposito... El sonido de esa voz la hizo pararse en seco. Esa voz oscura y con acento la cortó como si fuera una navaja. Se estremeció y levantó la cabeza lentamente. Él estaba a algunos pasos de distancia. Era un hombre que difícilmente podía pasar inadvertido. Debía medir por lo menos un metro noventa. Su magníficamente caro traje gris oscuro destacaba sus anchos y musculosos hombros y largas y esbeltas piernas. Tenía la gracia letal de un animal salvaje y la autoridad intimidante de un hombre acostumbrado a mandar. Lali lo miró incrédula cuando él extendió su morena mano. Los largos dedos eran hermosos. -Por favor, permítame que le ofrezca mis más sinceras condolencias por la trágica muerte de su hermana- murmuró él. Lali retrocedió un paso rápidamente ante esa amenaza de entrar en contacto con él.
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